Homilía en la misa funeral por las víctimas en el Llevant de Mallorca

Muy queridos hermanos y hermanas,

 

Aún estamos conmocionados por lo que sucedió hace una semana en el Levante de nuestra isla de Mallorca, sobre todo por los que han perdido la vida y por el drama que han vivido sus familiares, por los que han visto peligrar su casa y perder lo que en ella tenían, por los que han quedado sólo con lo que llevaban encima. Una catástrofe inesperada que ha hecho plantear muchas preguntes. No son preguntes frívolas ni superficiales, son preguntes que salen del corazón y tocan el núcleo más delicado de nuestra existencia. Un ¿por qué? que al instante se ha convertido en hechos, en una acción inmediata de trabajo y esfuerzo solidario por parte de todos, los que lo han padecido y los que se han desplazado ofreciendo su ayuda.  

 

Con todo, no estamos acostumbrados a ver llorar todo un pueblo. Lo hemos visto desde el primer momento y también hemos llorado. Se nos ha contagiado el dolor de unas familias que lo han perdido todo, comenzando por quienes han perdido el padre, la madre, el marido, la esposa, el hijo, la hija, un vecino, un compañero de trabajo y de tertulia, la casa, el medio de transporte, el comercio y medios para el trabajo, todo aquello que constituye lo necesario para la subsistencia y el gozo de vivir. Con vuestros sacerdotes y parroquias, hoy y siempre queremos estar a vuestro lado. Contad con ello porque estáis en vuestra casa: a Sant Llorenç, a Son Carrió, a s’Illot, a Canyamel, a Artà, a sa Colònia de Sant Pere, a Manacor, y allí donde necesitéis la compañía, el calor y a ayuda de la comunidad cristiana y de tantas persones de buena voluntad que se han ofrecido. Compartimos la vida sencilla de unos pueblos que han quedado maltrechos de raíz y nos  sentimos comprometidos con su rehabilitación, atendiendo donde haya más necesidad. 

 

Sin embargo, también desde el primer momento ha sucedido el milagro de la solidaridad, la ayuda incondicional, la preocupación por los demás, con elocuentes y valientes gestos que han llenado las páginas de los medios de comunicación y los comentarios de todos. Todo ello ha revelado la valiosa categoría humana de los que han quedado más afectados por ayudar a salir de esta lamentable situación. Gestos que son una expresión viva de la defensa de la vida, más aún, para algunos ha significado darla exponiendo la propia. «Nadie tiene un amor más grande, dice Jesús, que el que da la vida por aquellos a quienes ama» (Jn 15,13).

 

Así, hemos visto así como una madre salvaba a su hija, mientras ella exponía su vida y era arrastrada por la fuerza imparable de la riada. Esta madre representa el amor de todos. Como ella, también el que recogió a su hija, los que conduciendo vehículos se han visto atrapados en pleno trabajo profesional, en su traslado de un pueblo a otro, o han perdido la vida por derrumbamientos de edificios u otras causes. Al lado de todo ello, son numerosos los que han evitado que la desgracia fuera mayor porque, aun viendo el peligro que les sobrevenía encima, no se han echado atrás, sino que han luchado contra una invasión sin precedentes. Son momentos imposibles de describir, lo saben más que nadie quienes lo han vivido en primera persona y se han visto impotentes observando como la destrucción iba avanzando llevándoselo todo por delante.

 

Durante las horas que el primer día estuvimos en Sant Llorenç, percibí como nunca lo que es un sufrimiento colectivo, pero soportado a la vez con una actitud admirable y ejemplar. De la  manera, el tiempo que pude compartir con las familias en el momento en que recibían en los tanatorios a sus familiares difuntos. Han sido momentos de compañía, de mucha emoción, de silencio, de oración. No sabíamos hacer más, ésta era la respuesta al enigma que provoca la muerte de los que la habían encontrado de forma tan rápida como imprevista, enigma al que se añadía la preocupación que ha durado hasta hoy de no haber encontrado al niño desaparecido, el pequeño Arthur. Con él, también el mundo de los niños ha entrado en escena y, por ello, también necesitan mucha ayuda.

 

Siempre tendremos que reconocer la entereza y el testimonio que nos están dando estas familias, como también los innumerables profesionales y voluntarios para trabajar en tierra y en el mar que, sin descanso, no han parado para dedicarse a las tareas más duras y arriesgadas, como también lo han hecho los que se han ofrecido todo tipo de acompañamiento humano, espiritual y psicológico. Son tantos los héroes anónimos a los que hemos de reconocer que, gracias a ellos y a ellas, muchos se han salvado, especialmente persones impedidas y ancianas.

 

Añadamos aquí la experiencia de cada uno, la de los que estamos aquí y de los que cada día se encuentran sin casa y sin lo necesario para vivir como antes. No dejemos de estar a su lado. No son ideas, son hechos los que hacen falta. Todo aquello que nos dicta nuestra conciencia solidaria para ayudar a los demás y dejar de pensar en uno mismo. Así nos hemos organizado colaborando juntos, con toda discreción, sin protagonismos y sin diferencias de ningún tipo. Cada uno conoce la carga de generosidad con que lo ha vivido y lo sigue viviendo. La llamada a la ayuda y a la solidaridad que como Iglesia de Mallorca ya hicimos antes de la medianoche de aquel martes de hace una semana, solo pretendía abrirnos el corazón a una desgracia que padecían conciudadanos nuestros y que teníamos que paliar con hechos concretos y eficaces de misericordia. Éste el programa del cristiano que compartimos con toda persona de buena voluntad, el programa de Jesús que «ve donde se necesita amor i actúa en consecuencia». El amor ha actuado en medio de tanta desgracia a través de muchas persones sencillas y anónimas, y ha hecho rebrotar nuevos signos de vida y abriendo caminos de recuperación y esperanza. Todo un ejemplo que señala valores auténticos para nuestra convivencia.

 

En medio de toda esta situación de dolor y en búsqueda de consuelo, tratemos de escuchar lo que hoy nos ha dicho la Palabra de Dios y la actuación de Jesús. «Si hubieras estado aquí –dice Marta a Jesús– no habría muerto mi hermano». Suele ser nuestra forma espontánea de reaccionar cuando nos acecha alguna contrariedad. Como si dijéramos ¿dónde estaba Dios cuando pasaba todo esto? También los creyentes nos hacemos ésta y muchas otras preguntas. Pero, contemplando a Jesús, en quien creemos, lo vemos también pronunciando quizá la pregunta más radical de su vida: «Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?» Más que un grito de desesperación es la expresión de una plegaria confiada de quien da la vida porque ama y pasa por el duro trago de la muerte. Con ello, Jesús asume nuestra condición humana hasta el extremo. La respuesta es el silencio, el silencio, que ante el incomprensible misterio de la cruz, busca otro tipo de respuesta, la de una mirada que necesita ver con otros ojos. Estos ojos son los ojos de la fe. Los ojos con los que todos somos invitados a ver de otra manera. Por eso Jesús dice a Marta: «Tu hermano resucitará» y la explicación de fondo es –lo dice Jesús– porque «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá, y todo el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre». Jesús, entonces, les pregunta a Marta: « ¿Crees esto? ». La pregunta ahora va para nosotros. Y Marta responde: «Sí, Señor, yo creo en ti!». Pidámosle tener también, como ella, esta fe.

 

Este es el principal motivo por el cual hemos sido convocados esta tarde. San Pablo ya nos lo ha anunciado en el primer texto que hemos escuchado: «No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos, para que no os aflijáis como lo hacen otros, que viven sin esperanza. Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él». A la tristeza, al dolor, al duelo, a la separación de las persones que amamos, los que creemos en Jesús le ponemos el consuelo de una esperanza que no defrauda. Éste es nuestro compromiso de cada día: sembrar y hacer florecer brotes de esperanza, nuevos brotes de vida. Por eso, hemos de poder decir que la muerte no es una luz que desaparece, sino una lámpara que se apaga cuando nace la luz del nuevo día.

 

Esta semana se ha comentado mucho que está siendo impresionante y numerosa la respuesta colectiva de ayuda solidaria que llega para ir normalizando una situación tan alterada. Quiero hacer una lectura creyente de este hecho que se está llevando a cabo por infinidad de personas que, de forma profesional unas y anónima otras, están regalando su tiempo, sus recursos y mucho esfuerzo. Para acabar, permitidme que lo diga con unas palabras del papa Francisco: «En un campo arrasado vuelve a aparecer la vida, tozuda e invencible. Habrá muchas cosas oscuras, pero el bien siempre tiende a volver a brotar y a difundirse» (EG 276). Y añade: «La resurrección de Cristo provoca por todas partes gérmenes de ese mundo nuevo; y aunque se los corte, vuelven a surgir, porque la resurrección del Señor ya ha penetrado la trama oculta de esta historia, porque Jesús no ha resucitado en vano. ¡No nos quedemos al margen de esa marcha de la esperanza viva!» (EG 278).

Hermanas y hermanos, para mantener esta esperanza y el amor solidario que nos une, os invito ahora a rezar y a celebrar en la Eucaristía para nuestro encuentro con Cristo Resucitado, que nos renueva para toda forma de encuentro y relación con los demás, dejando que siempre impere el amor.