Pascua de Resurrección

No somos guardianes de un sepulcro,

sino testigos de Cristo Resucitado

 

 

¿Creemos de verdad que Dios hace las cosas bien? Esta pasada noche, en la Vigilia Pascual, hemos podido escuchar de parte de Dios: «Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra… Los creó a imagen de Dios, creó al hombre y la mujer, y los bendijo…» (Gn 1, 26s). ¿Puede haber una mejor decisión? ¿Puede haber una mejor noticia? Si es así, ¿por qué es tan difícil parecernos a él? A veces, se percibe más la imagen de un ser humano que va a la deriva o la de un mundo que huye de la vida y que se obstina en sembrar la muerte, que la de un corazón vigorizado por la esperanza e inflamado por el amor.

 

La Resurrección de Jesús ha completado definitivamente el hecho de nuestra creación a imagen y semejanza de Dios, ya que en la persona de Jesús el mal, la muerte y el pecado han sido vencidos, por el hecho de que él mismo los ha cargado con él sobre su propia cruz y los ha destruido para siempre. Dice el papa Francisco que «la Resurrección de Jesús no es una cosa del pasado, sino una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, vuelven a aparecer brotes de resurrección. Es una fuerza imparable» (EG 276).

 

En la Vigilia pascual también se nos decía: «Si nuestra existencia está unida a Cristo en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya» (Rm 6,4-5). ¿Puede haber un horizonte más luminoso? ¿Puede existir un destino más feliz? ¿Alguien puede anunciarnos un mejor sentido para la vida? Hechos a imagen de Dios, a su semejanza, incorporados a Cristo y, con él, vencedores del pecado y de la muerte, resucitados, amados eternamente por Dios, que es todo Amor. ¡Vivos por siempre!

 

Hoy es Pascua de Resurrección. ¡La noticia es que Cristo vive! La fiesta más importante del año, donde todas las fiestas encuentran su origen y su proyección, donde toda situación de deterioro y muerte encuentran una respuesta de esperanza. Una fiesta que se actualiza ahora mismo, cada vez que celebramos la Eucaristía y nos encontramos con el Señor. No podemos vivir sin Cristo, sin celebrar su presencia, sin gozar de su vida, sin compartirla como hermanos que se acogen, se quieren y se ayudan solidariamente.

 

Estamos llamados a ser “testigos de Cristo resucitado”, lo cual significa parecernos a él, seguir la tradición apostólica, escuchado su Palabra, viviendo en comunión de oración y en solidaridad, disponibles para hacer el bien como él, decididos a amar como él, prontos a perdonar como él, dispuestos a trabajar por la justicia como él, convencidos constructores de la paz como él. Este es el compromiso de estar con Jesús y de acercarlo a los demás, de salir en su busca, de acogerlos, conversar y caminar juntos, como sucedió en el encuentro de Jesús con los discípulos de Emaús.

 

La «Galilea» en la que Jesús aparece resucitado, el lugar donde quiere que le encontremos vivo, es esta tierra nuestra que pisamos, este inmenso y plural campo social de nuestro país donde se hace presente para que le descubramos presente y le sirvamos en nuestros hermanos, especialmente en los más necesitados: los que pasan hambre y sed, los inmigrantes que huyen del horror de la guerra y de la injusticia, los refugiados que piden ser acogidos y tratados con dignidad, los que están enfermos en nuestras casas, en las residencias de ancianos y hospitales, los perseguidos por causa de la fe cristiana, los presos que necesitan ser rehabilitados, los más pobres y, entre ellos, los más afectados por la pobreza infantil, y excluidos de todo tipo. Su situación desesperada, sus rostros marcados por el dolor, su esperanza aún humeante, nos están pidiendo a gritos que se desvelen en ellos brotes de resurrección, acciones valientes y comprometidas por nuestra parte que les hagan salir de su precario estado y puedan disfrutar, como todos, de la dignidad de hijos e hijas de Dios, hermanos de una humanidad en paz, reconciliada por el amor.

 

Hemos de tener claro que no podemos vivir un eterno viernes santo, que la última palabra no es la muerte, ni la injusticia, ni la violencia, ni el pecado. La palabra definitiva es la Vida y una vida para siempre en Dios, la que nos ha ganado Cristo con su Resurrección. Por ello, no somos guardianes de un sepulcro, sino testigos de Cristo Resucitado.

 

Con mi fraternal afecto y bendición, ¡feliz Pascua de Resurrección!